Manifiesto
Observar no requiere permiso, y menos de quienes llevan años perfeccionando el arte de no ver. En el transporte público, la autoridad tiene el poder, el presupuesto y las oficinas; los sindicatos, la última palabra. El resultado es un equilibrio cómodo para todos, salvo para quien viaja.
No esperamos que esa relación se corrija por cortesía ni que alguien descubra de pronto su vocación de servicio. Cada pasajero es un sensor; cada incidente, un dato. Registramos, exponemos y acumulamos evidencia hasta que ignorarla resulte más caro que actuar.
No es una amenaza. Es aritmética.